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Un Abanico de Cruces (la fiesta de Alvarado)

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Roberto Williams García

Culturas Populares

SEP

Fotografías:

­Alejandro Fco. Reyes

Noviembre, 1981

 

 I. EL  POBLADO

Hace años, incontables años, en el sitio donde hoy se localiza la ciudad de Alvarado encalló un bar­co, quedó varado. Los pescadores bullangueros ani­maban a los comarcanos para ver el sucedido excla­mando ¡Vamos a ver al varado! ¡Vamos al varado! Es­ta versión pueril del origen del nombre contrasta con la histórica que es la siguiente:

Cuando Jean de Grijalva tocó nuestras costas, en 1518, en la expedición venía Pedro de Alvarado al mando de tres navíos. Alvarado se adentró en el río mientras sus compañeros aguardaban en el paraje de la desembocadura. El paraje se llamaba Atlizintla que, en voz nahua, significa “al pie del agua”. Río y paraje recibieron el nombre del explorador.

Alvarado dista unos 70 kilómetros al sur del puerto de Veracruz, por camino carretero. Antes de que desembarcaran las tropas americanas en el puer­to de Veracruz aconteció un hecho en Alvarado, en 1846. Su gente, entonces menos de dos mil, resistió,   durante    nueve horas, el ataque superior de ocho bu­ques de la escuadra invasora. Esa resistencia valerosa le valió el título de heroica.

Otro título que lleva Alvarado con orgullo es el de generosa, distinción incubada desde el lejano año de 1518 cuando el explorador del río recibió obse­quios por parte de los pescadores que encontró en el paraje inmediato al mar. Y ha sido generosa al abrir sus hogares a los habitantes comarcanos dañados por las inundaciones del río Papaloapan. Este caudaloso río es el que pasa por Alvarado camino al mar; es el que forma con otros una laguna inmensa en cuyo cuello brotó Alvarado.

Casi veinte mil habitantes tiene la ciudad. Muchos de ellos se dedican a la pesca, viéndose el malecón atestado de barcos camaroneros. Al lado de las actividades pesqueras están las comerciales. Muchos profesionistas prestan diversos servicios, y dentro de los quehaceres domésticos cabe mencionar la manufactura de dulces y de figuras de chaquira.

 

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II. LOS MONUMENTOS

Cada domingo de mayo, y en distinto barrio, se levanta un monumento a la cruz. Se construye en ple­na calle y el mismo día se desmantela. El último do­mingo se congregan los monumentos; en el parque vuelven a eregir las mismas construcciones los mis­mos barrios y otros participantes.

Los monumentos se construyen en forma de baldaquín, especie de palio bajo el cual reposa el símbolo cristiano. Del palio elaborado parten arcos como gigantescas patas de araña. Son arcos hechos de varilla de fierro forrada con papel periódico que, dos buchones. Todo está recubierto con papel cre­pé para darle lucimiento. Este tipo de monumento, de seguro, surgió de formas muy modestas. Los    primeros  monumentos pudieron haber sido rústicos a manera de los que aún se ven en Papantla durante el jueves de Corpus Christi. En el citado jueves construyen alta­res de los cuales salen arcos que son tarros doblados que proporcionan firmeza a la construcción. Los tarros quedan recubiertos con hojas anchas de tepejilote, planta que también llaman palma o palmilla.

 En Alvarado, los monumentos a la cruz ad­quieren suntuosidad. Pero en ciertos años se aletargó la construcción. Una generación mostró indiferencia hacia la celebración de esta fastuosa fiesta.        Una   fotografía    de la década de los cincuenta demuestra que tan peculiares construcciones se levantaban a mi­tad de la calle. Después del intermedio surgió con esplendor la tradición y desde hace cuatro años la mantiene el entusiasmo de los alvaradeños y el empe­ño de la Casa de la Cultura. El entusiasmo prendió co­mo la hierba seca que se enciende en un instante.

 

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III. LA FIESTA EN  SU APOGEO

A partir de la medianoche de cualquier domingo de mayo los vecinos del barrio se congregan para construir el monumento. Las horas de la madrugada los miran entregados a la devota tarea. Utilizan va­rillas, papel periódico, papel de china, mesas, pencas de palmera, flor de coyol, macetas. Apenas sus cuer­pos sean bañados por los primeros rayos del sol ya de­ben tener logrado el monumento en tanto que, otras personas, se han encargado de confeccionar dulces para vender o han preparado horchata para obse­quiarla durante la fiesta. Esta, empieza a media tarde y termina cerca de las nueve de la noche.

Antes de medianoche el barrio ya ha desmante­lado su monumento y se guardan los materiales para volver a utilizarlos el último domingo de mayo, día en que el pueblo verá el parque sembrado de construc­ciones de formas y colores diversos. En el parque se exhibirá, legítimamente, la presunción de cada barrio. La Casa de la Cultura también instala su armazón pe­culiar y animará a otros grupos para hacer lo mismo. Se montan, en total, siete monumentos de los cuales cuatro corresponden a los barrios. Son muestras de ar­te efímero. Duran veinticuatro horas.

La fiesta se abre en la tarde. Se ven llegar grupos de niños y niñas vestidos con traje regional; ellos su­birán a la tarima, construida en alto, en una esquina del barrio o en un ángulo del parque si el evento tiene efecto el último domingo. Los pequeños, sin profe­sionalismo, se concretan a brincotear dando con ello ejemplo de su entrada al mundo del baile regional. La fiesta es la misma cada domingo excepto en el último cuando es mayor la concurrencia que, cual atarraya, se extiende en el parque. Participan también los ado­lescentes integrantes de la Casa de la Cultura donde reciben clases para mantener viva la acertada manera de bailar los sones jarochos.

En estas tardes de mayo, de temperatura eleva­da, de aire muy caliente, la sed se   aplaca  con    horcha­ta   servida en vasos en los que flota una flor de la tem­porada, el suchil, flor agregada como toque de distin­ción.  La horchata tiene apariencia achocolatada a causa de la canela. Entre    sorbos    de   horchata,  antoji­tos,  dulces,  música  y zapateado transcurre la fiesta; una fiesta blanca como la horchata libre de bebidas alcohólicas.

Las relaciones sociales con los comarcanos se afianzan. Llegan grupos de bailadores entrenados en la Casa de la Cultura de Tlacotalpan acompañados de su propio conjunto musical. Las pruebas de coope­ración y de trabajo organizado en grupo permiten la cohesión del barrio. Los vecinos de Alvarado partici­pan llenos de júbilo para mantener la tradición de la Cruz de Mayo. A ella vuelven algunos lugareños que habitan en cercanas latitudes.

No se precisa fecha para el origen de esta tradi­ción. Recuérdese que en el siglo XVI, el siglo de la Conquista, se fundó en la comarca, el puerto de la verdadera cruz, y conclúyase que, la devoción por el símbolo cristiano, quedó establecida. Y en Alvarado, por razones desconocidas, la pasión por la cruz alcan­zó una exaltación evidente.

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IV.  INTERPRETACIÓN

El tres de mayo fue el día en que Santa Elena descubrió la verdadera cruz en la cual sacrificaron a Cristo. Eso dice la leyenda. La iglesia católica lo seña­la como el día de la Invención de la Santa Cruz. Esa invención, sinónimo de descubrimiento, se celebra con una fiesta de mucha acogida en el gremio de los albañiles mexicanos y también con entusiasmo en el seno de algunos poblados. Lo singular es que en Alva­rado persista la celebración en el transcurso de varios domingos, y no se circunscriba al tres de mayo.

Para comprender el caso de Alvarado debe to­marse en cuenta el jueves de Corpus Christi. Antes, en Alvarado y otras poblaciones en el susodicho jueves se levantaban altares para la cruz y en el baldoquín, en la peana donde se coloca el símbolo cristiano, el párroco ponía la custodia que brillaba como sol. Impartía la bendición la cual era repetida en otros al­tares. Total en siete. Luego, sucedió el ocaso de la fiesta del jueves dedicado al Cuerpo del Señor y se de­jaron de levantar los altares para la cruz, pero fueron distribuidos a lo largo de los domingos del mes de ma­yo, concentrándose los altares, el último domingo, en un solo sitio para que el sacerdote impartiese la ben­dición, acto que aún se repite en el parque de Alvara­do y con el cual concluye la majestuosa exhibición de monumentos levantados en homenaje a la cruz, ho­menaje en si a Jesucristo.